Pamplona nos recibió con un día radiante que resaltaba las bellezas naturales del paisaje navarro y Javier Cejuela nos sorprendió con una bonita muestra ferroviaria en la Sala de Exposiciones de Caja de Ahorros Municipal, con la contribución de Renfe y los aficionados de la capital.

En autobuses urbanos se hizo un recorrido turístico por la ciudad, para terminar en una gran recepción en la fastuosa sede de la Diputación Foral.

Por la tarde hubo sesión cinematográfica y pase de diapositivas de anteriores congresos que agradaron muchísimo a los asistentes, la mayoría de los cuales eran protagonistas de las proyecciones.

A continuación tuvimos una gran cena presidida por el director general de Renfe, Alfredo Les, al que le acompañaba el comisario de Información y Relaciones Públicas, Antonio Lago. Nos hablaron y expusieron los planes de modernización de la compañía y todos salimos muy satisfechos de este primer contacto de alto nivel con las primeras autoridades de la administración ferroviaria.

El viernes fue el día de la gran excursión y la gran aventura. Ter a nuestra disposición de Pamplona a Irún. Al pasar por Beasain recibimos folletos de la Caf y M.M.C. en compensación a la imposibilidad de visitar las factorías, en San Sebastián la Asociación Guipuzcoana ofrece un agasajo de confraternidad y gestiona la recepción en el Ayuntamiento con vino de honor.

La frontera estaba previsto que la pasáramos en autobús en pocos minutos, pero el exceso de celo de la policía francesa dio al traste con todo el programa y que la detención de una hora nos impidió enlazar con el tren previsto de ascensión al Le Rhune. Finalmente subimos en dos grupos y el que bajó primero se encontró con que los conductores de los autobuses se habían quedado en la cima, con lo que tuvimos otra demora que dio la puntilla al plan de visita previsto al cambio de ejes de Hendaya.

A todo esto, nuestro Ter esperaba en San Sebastián y para no demorar el regreso a Pamplona, el Puesto de Mando nos autorizó a desplazarnos en un Expreso que tomamos al asalto. Alguno se subió a la locomotora 7200 y vivió su particular aventura.

Acomodados en el Ter, se sirvió la cena en marcha hacia Pamplona, con la alegría de siempre y animando todos a Javier Cejuela, que se mostraba desconsolado por no haber podido cumplir el plan tan minuciosamente preparado. Pero la cena fue tan magníficamente servida que pronto el desajuste horario fue una anécdota más que contar en este relato de los congresos celebrados.

El sábado, mientras los delegados se reunían en sesión de trabajo, el resto de participantes visitaron la catedral, la famosa calle de la Estafeta, frondosas avenidas y algún que otro comercio, reuniéndonos todos en un famoso restaurante, donde se hizo honor a la cocina local.

Por la tarde, tren ferrobús con destino a Castejón, donde Renfe mantenía aún el deposito de vapor en activo, con mikados, confederación y 2700 humeantes. Al ferrobús se le da la vuelta en la placa porque era de dos coches con cabina de conducción en un solo extremo.

En el viaje de vuelta hacemos alto en Olite y visitamos el Castillo de los Reyes de Navarra, que conserva todo el encanto y sabor de tiempos pretéritos. Se recorren con curiosidad pasadizos, torres, escaleras de caracol y salones restaurados, que se han convertido en Parador Nacional y en donde se sirvió la cena entre tapices y armaduras. Habíamos dejado atrás el vapor y casi sin darnos cuenta nos metimos en la Edad Media.

El regreso a Pamplona se hizo en el ferrobús y a la llegada por la megafonía escapaban las notas alegres de una jota navarra. El que denominamos congreso de la simpatía tocaba a su fin con la nostalgia de los momentos vividos, regresamos a nuestras casas.

Los que todavía se quedaron el domingo hicieron una excursión por lugares históricos y religiosos de Navarra.